domingo, 25 de septiembre de 2005

Cornada grave de Abellán

FERIA DE SAN MATEO DE 2005
Artículo publicado en El País

Toros de Victorino Martín, bien presentados y de juego desigual. 1º muy noble; 2º y 3º con casta y el resto de peor nota
Juan José Padilla: oreja; silencio y silencio
Miguel Abellán: saludos en el único que mató
Diego Urdiales: saludos y silencio
Enfermería: Miguel Abellán, tras estoquear a su primer toro, fue operado de una cornada de 15 centímetros a la altura del triángulo de Scarpa de pronóstico grave. No continuó la lidia.
Plaza de toros de La Ribera. 25 de septiembre. 6ª y última corrida de feria. Cerca del lleno.


El segundo de la tarde tenía una presencia señorial, con dos pitones desafiantes y con ese carácter indómito que solía acompañar a los toros bravos en los tiempos de Maricastaña. El segundo de la tarde, para más señas, embestía por abajo con una emoción que hizo crepitar hasta los modernos cimientos de este postmoderno y macizo coso. Le dieron dos puyazos de impresión y en el tercio de banderillas se mostró incierto y pegajoso. En éstas, salió Abellán y se echó la pañosa a la mano izquierda sin más miramientos. La faena se presagiaba de cara o cruz porque el toro se comía literalmente el engaño de un torero valiente pero que dio a sensación de que se encontraba a merced de aquella locomotora. Generosamente, le ofreció sitio y en la tercera tanda al natural fue prendido de una forma escalofríante con un derrote seco y certero en la ingle. Abellán, con el rostro ensangrentado y tras dos baldíos intentos de torniquete, volvió de nuevo a la cara del astado y con majeza lo mandó al otro barrio antes de pasar a la enfermería. Ya no salió.
Minutos antes, Juan José Padilla se había encontrado con otro victorino completamente distinto: pastueño y tan noble que le dio la oportunidad de torear a placer. El toro, muy bien armado, hacía surcos por el albero y el diestro jerezano ligó preciso series por ambos pitones, llevando la muleta por el suelo y proyectando una dimensión suya tan desconocida que su faena resultó una ensoñación. –¿Era Padilla? Sí, el mismo–, se preguntaba la afición, mientras se frotaba los ojos con perplejidad. Sus otros dos toros fueron poco propicios y aunque logró brillar a buena altura en algún par de banderillas, las dos faenas carecieron de relieve.
Diego Urdiales, en su tercera corrida de la temporada, recibió a su primero con un buen fajo de verónicas en las que jugó los brazos con armonía y gusto. El toro, también encastado, tuvo diferentes acometidas por cada pitón, aunque por el derecho iba hasta el final y le dejó al diestro arnedano dejar su impronta con la muleta templada en tres series que tuvieron la virtud de la ligazón y el mando. Mató muy mal y perdió la oreja. El quinto, un toro de capa franciscana, fue noble pero sin el mismo carácter de los tres primeros. El torero riojano le planteó la faena en las cercanías y el victorino no le permitió al final los redondos con los que quiso abrochar su segunda faena.

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